Una bocanada de humo ascendía por el aire mientras un puro
se iba agotando. El olor a tabaco se fundía con los hedores del ambiente, y
convertían la atmósfera en un entorno irrespirable y asfixiante que generaría
nauseas en cualquier persona normal, pero en el individuo que se encontraba
fumando el puro, parecía no afectarle la podredumbre del lugar, es más, la
sonrisa que se adivinaba en la comisura de sus labios parecía demostrar que no
solo no la aborrecía, sino que parecía encantarle, disfrutaba de este aura
decadente; tal vez, porque era propia del mundo en el que vivía.
La bombilla con grietas del techo emitía unos destellos
parpadeantes anunciando que le quedaba poco de vida útil, una luz verdosa salía
de ella e iluminaba escasamente la sala, sumado a la espesa capa de humo que se
juntaba en la parte superior de la estancia, la visibilidad quedaba muy
reducida. La puerta se abrió lentamente dejando entrar una corriente de aire
que agito toda la atmosfera de la sala e hizo que nuestro fumador compulsivo
entornara los ojos para ver al recién llegado. Cuando las sombras se fueron
aclarando, paso a levantarse para recibir al visitante.
Dejo su puro en un cenicero de cristal, que tenía pinta de
ser de gran calidad, algo muy valioso y raro en el limbo. Acerco una silla al
visitante y le hizo un gesto para que se sentara, pasó sus dedos por su
intrincada barba y dijo con una voz rota y profunda:
-Bienvenido de nuevo a nuestras “encantadoras” estancias,
espero que se sienta a gusto en lo que nosotros llamamos hogar…
-Nadie en su sano juicio llamaría a esto “hogar”.
-Cierto, guardián Dennis Finck, aquí valoramos mucho las
opiniones decorativas para mejorar estos aposentos, es más, pienso decorar esa
pared con sus sesos como no me haya traído buenas noticias.
El guardián se removió incomodo en su silla, contemplaba a su
interlocutor con una mezcla de desprecio y miedo, sabía que era un corderito
entre lobos, y aquel sin duda era el macho alfa. Era una bestia sin igual, más
parecida a un oso que a un humano, musculoso, de tez morena y muy sudoroso,
algo normal teniendo en cuenta que la sala se encontraba cercana a uno de los
reactores secundarios y que el calor producido por este, elevaba la temperatura
de la estancia convirtiendo el ambiente en un hervidero, mezcla de olores
corporales de sudor, solo pudiendo ser descrita como sofocante y nauseabunda.
El guardián también notaba como gruesas gotas de sudor le resbalaban por el
centro de su espalda y entre sus mechones morenos de la cabeza, aunque bien
sabía que eran producidas por los nervios y no por el calor.
El anfitrión se sentó frente a él y recogió su puro y dando
una bocanada expulso todo el humo a su cara mientras preguntaba:
-¿Has traído lo acordado?
Debido al humo y a lo irrespirable del ambiente, Dennis Finck
no pudo más que empezar a toser y a notar como se le llenaban los ojos de lágrimas
y tenía que controlar las arcadas que le subían por la garganta.
-Capataz, las cosas se han complicado… quiero decir… aunque
no lo tenemos, lo podemos conseguir… pero le va a salir un poco más caro.
Habló con calma, midiendo cada una de sus palabras, sabiendo
que una amenaza directa le impediría salir de allí… vivo. El capataz, un hombre
que como muchos presos había olvidad su nombre y se había visto obligado a
tener que buscarse un mote para tener una identidad (cosa que muchos de los
presos, no podían decir que tenían), ahora contemplaba a la pobre y desdichada
alma que se presentaba ante él, con el poco respeto de exigirle más dinero,
pero el capataz sabía como tratar con la gente que no sabía mantener el
respeto, había tenido que verse con ese tipo de personas desde que tiene uso de
razón. Tal vez, fuese esa la causa de que ni siquiera dudo cuando disparó en el
pie al guardián Dennis, que no se esperaba esa acción por como lo demostró con
sus alaridos, súplicas y lamentos.
-Ahora escúchame bien Dennis ¿Te puedo llamar Dennis? ¿No?
Total, ya somos como viejos amigos y además, tampoco es que te puedas negar. Lo
cierto es que el precio no es un problema, lo que me irrita y me ha obligado a
pegarte un tiro en el pie, es el tono pedante que has empleado, muy propio de
los de vuestra “Estirpe”- Escupió al suelo con todo el desprecio que pudo
mostrar y continuo con una voz calmada, serena, con un lenguaje claro, pero en
cuyas palabras se entretejían un montón de amenazas veladas poco disimuladas-
Creerte que tienes el control para chantajearme es una terrible idea, una
pésima suposición que mucho me temo que es solo un error producido por un
desvarío temporal, que bien te hace decir tonterías de ese estilo, como que
aparezcas electrocutado en tu bañera con una tostadora, porque te apetecía
tomarte un tentempié mientras te dabas un “chispeante” baño. Pero tranquilo
amigo, yo estoy aquí para recordarte que no solo no tienes el control de la
situación, sino que estas totalmente atrapado. Nada más lejos de la realidad,
eres un conejito, un tierno y asustado conejito y como se te ocurra hacerte el
depredador me hago una zapatillas con tu piel… y esto último no ha sido ningún
tipo de metáfora, te desollare y me haré unas zapatillas con tu cara, espero
que quede bien grabada la expresión de terror en ellas, así la puedo incluir al
resto de mi colección ¿Quieres ver mi colección de zapatillas… Denniiiiiiiiiis?
Dennis negó con la cabeza, mientras el dolor de su pie
amenazaba con hacerse con él. Respiro hondo con la intención de calmar y poner
en orden sus ideas y dijo con una voz en la que intento imprimir todo la
seguridad que él podía (aunque no fue mucho) y dijo:
-Haré lo que usted quiera.
-¡Muy Bien! Comenzamos a entendernos. En ese caso, Dennis,
ya sabes lo que vas a traerme la próxima vez que me honres con tu visita ¿No?
-Si, por supuesto.- Y mientras decía esto se imaginaba miles
de maneras en las que se vengaría por esta humillación y de cómo cogería su
cara de cerdo y la llenaría de plomo, de cómo patearía su cráneo y de cómo le
haría arrepentirse de cada una de sus palabras, pero ahora no… ahora tenía que
salir de allí. No estaba en disposición de hacer nada, estaba desarmado y sin
ningún tipo de plan, solo deseaba salir de allí, todo su instinto de
supervivencia clamaba que lo tenía que hacer era SALIR DE ALLÍ, aunque para
ello tuviera que arrastrarse como un gusano ante ese maldito preso… pero ya se
tomaría la revancha.
Y mientras salía de allí, cojeando y sufriendo por el dolor
en su pie se regocijaba en las imágenes de venganza en su cabeza, siendo el
odio el motor que le permitía dar pasos a pesar de la agonía que eso suponía. Cuando
atravesó el dintel de la puerta de salida, oye de fondo:
-Adiós conejito, vuelve con la zanahoria o estás muerto.
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